El Almanzor

3 de junio de 2008. Para empezar este blog


Diré que soy castellano de tierra llana, la región de Tierra
de Campos. Cereales y barro. Sol y heladas. Gentes curtidas por el cierzo que reseca las gargantas y ciega los ojos.
Tierras venidas a menos, a casi nada.
Pero Castilla es mucho más. Montañas y bosques, ríos y lagunas, ciudades y aldeas que aún conservan esplendor y belleza de tiempos ancestrales.
Mi propósito es ir añadiendo a esta página sugerencias que se me ocurran con motivo de mis paseos y visitas por esta tierra mía.

lunes, 31 de agosto de 2009

Sagunto bulle entre piedras milenarias

¿Qué sabía yo de Sagunto antes de estar en Sagunto? Veamos…

Por la Historia sabía que tuvo algo que ver en las luchas entre Roma y Cartago. Y que Aníbal se lo cargó, como aviso y amenaza a la capital del Imperio. El resto, es historia.

Por la Geografía, igualmente sabía que se trataba de una ciudad a orillas del Mediterráneo. Un puerto muy antiguo, casi milenario.

Por la economía, la información y la actualidad también estuve enterado del crac que supuso el hundimiento de la Siderúrgica, el consiguiente cierre de Altos Hornos y todo el follón que en torno a este asunto se armó no hace tanto tiempo. Bueno, sí, ya hace su tiempo, por lo menos ventimuchos años.

Y poco más. Eso es lo que yo sabía de Sagunto, antes de estar allí y visitarlo. Y vive el cielo que fui casi por casualidad, que no era mi intención. Pero alguien me incitó a ello, me lo recomendó, tal vez viendo mi desconocimiento y asegurándome que merecía la pena y que luego hasta se lo agradecería. Y fui.

Lo primero es que Sagunto no está junto al mar. Está algo más en tierra que en agua. Porque Sagunto es una, pero son dos, que hay otra parte, El Puerto de Sagunto, que esa sí que está justo a la orilla del Mediterráneo. Pero nada de dos partes iguales, dos gotas de agua, dos medias naranjas; ni hablar. Son bien diferentes, y, si me apuráis, hasta profundamente distantes. Una es (o fue) agrícola, medieval y monumental; y otra es marinera, industrial y turística.



El caso es que lo primero que te encuentras en Sagunto es que las calles se titulan como muestra esta fotografía: "Carrer"



Lo segundo que se percibe es que están de obras. Es la plaza mayor y se encuentra totalmente levantada. Su nombre: Plaza del Cronista Chabret. Vallas, sacos de cemento, piedras amontonadas, máquinas, etc. lo adornan este verano. Se ve que el turismo de por aquí es de otra estación, tal vez el invierno.
Centro comercial y cultural de la vida saguntina medieval, es el lugar donde se celebraba el mercado semanal. En ella se encuentra la iglesia de Santa María y en la parte Noroeste puede verse la puerta del Almudín, donde antiguamente se depositaba el trigo para abastecer a la población y venta a particulares. Actualmente, como ocurría en la Edad Media, con motivo de las fiestas, se cierra la plaza con barreras y se corren vaquillas y el toro embolado.



Lo tercero, que en realidad es lo primero que se ve según te vas acercando a la ciudad, es el castillo en lo alto del cerro, coronando el caserío que se apiña en la parte norte del peñasco.



Lo cuarto, es la entrada al barrio judío, la judería. Este arco y esta puerta lleva el nombre de Portalet de la Sang.



Luego siguen callejuelas estrechas y retorcidas…



Aquí hay otra pequeña puerta de nombre desconocido, junto a la Placeta de la Judería. Las sillas amontonadas casi la ocultan, pero ahí está en toda su hermosura y prístina belleza, abriendo paso a fachadas de cal y suelo de empedrado.



Ya metido en faena de callejear…, callejeando se llega a esta también pequeña alhaja: Ermita del Bon Succes



Convertida en lugar de peregrinación y también de encuentro entre culturas y religiones…

PEREGRINATIO.
José Albelda.
Ermita del Bon Succes
(S.XVII)
«Este modesto proyecto quiere ser la escenificación de un deseo: vincular los dos significados de /Ecúmene/ - el espacio de una cultura y el hermanamiento de las religiones a través de la convivencia de sus símbolos en un mismo lugar que acoge: la ermita del Buen Suceso.
Escenificar la superación de un enfrentamiento milenario a través del ceremonial del encuentro. Compartir con sencillez el oro intangible de la trascendencia, el agua de la purificación, el incienso, la luz que ilumina la conciencia de los místicos y la música pra el alma».



alberga en su interior lo que por un pequeño ventanuco conseguí inmortalizar, a pesar de las dificultades que no se sabe porqué tenían fácil solución: dejar abierta la puerta, para poder entrar y disfrutar…, y también para venerar y orar.



Ecúmene, dice el cartel explicativo. Cristianos, judíos y musulmanes tienen aquí raíces comunes que ojalá perduren.

«Ecúmene, raíz de ecumenismo, movimiento religioso que promueve el acercamiento de las tres religiones abrahámicas: cristianismo, judaísmo e Islam. Su significado original –oikumene- designaba el espacio habitado por una cultura y su religión, su mundo, su lugar. Este modesto proyecto vincula ambos significados en la escenificación de un deseo, el acercamiento de las principales tradiciones espirituales a través de la convivencia de sus símbolos en un mismo lugar que acoge: la ermita cristiana del Buen Suceso.
La ermita es un lugar privilegiado para la acogida de lo más esencial de las demás religiones, sus símbolos de reconocimiento ante el mundo. Preparamos un espacio adecuado para signos tan distintos, evitando que se repelan tras siglos o milenios de lejanía. Todo se recubre de pan de oro para crear una atmósfera intangible y sagrada que a ninguna religión incomode.
Procuramos el respeto de los símbolos hacia la virgen que los acoge y la presencia de lo que les es común: el agua de la purificación, el incienso, la luz que ilumina la conciencia y la música para el alma».

Y debajo los símbolos de
Taoísmo, Hinduísmo, Budismo Zen, Islamismo y Judaísmo



Vuelvo al interior, que me atrajo y me sedujo. En el silencio de aquellas callejas si pegas la cara a la ventanuca oyes música, hueles incienso y quedas hipnotizado por la suave luz reflejada en suelo, paredes y techo.



Más arriba y más adentro de la judería, el Calvario. Un viacrucis monumental, todo blanco y solitario, con sus estaciones y en lo alto la capilla.



IV Estación: Jesús encuentra a su Santa Madre



Por aquí debiera estar la pared ciclópea que resta del milenario templo de Diana, pero no la encontré.



Y esta puerta dorada es el acceso principal al templo de Santa María.



Al castillo hay que subir, como es natural y propio, por una cuesta. Y conforme se sube se va viendo, además de la sempiternas obras, detalles de murallas, torres y almenas.



Ya arriba, se abre el horizonte. Al fondo el mar. Es la vista hacia el Este.



Por el extremo contrario, el Oeste, la sierra, campos de cultivo y pueblos.



Veis, esto es lo que se divisa si se pone uno de espaldas al mar: naranjales, huertas y caseríos.



El castillo conserva cierta prestancia de otros tiempos. Muchos lo tuvieron y pretendieron retenerlo, nadie lo consiguió mantener a perpetuidad.



Algo parecido le ocurrió al Teatro Romano. Y bajo el sillerío moderno y pornográfico se asientan los sillares del principio, hartos de aguantar silencio de siglos.



Relamido escenario, dolor de todo un pueblo que se queja amargamente de lo que considera profanación. En realidad se trata de la realidad posible, tras historia de olvido, desmanes y bombardeos.
Un paisano que por allí andaba, ya anciano, se me presentó como alguien que en la guerra incivil cuidaba de este lugar; presenció la caída de cuatro bombas de 250 kilogramos durante la contienda. No le permitieron, entonces, reparar los estropicios y se quejaba ahora de lo mal que este monumento es tratado.



El moderno graderío no oculta la piedra original, y hasta parece pedir disculpas…



…como diciendo: si no te gusta, tranquilo, me quitas y ya está, que yo no pretendo perpetuarme para afrentar; apenas sólo para que quienes venga, se sienten.



Hay rincones muy bellos,



incluso bien conservados, o reparados con respeto.



Y también se encuentran posiciones desde las que la mirada atisba y atrapa a la misma historia.



Pero justo en el centro, este escenario casi, casi, ofende.
Y si lo miramos por detrás, la fachada exterior que tiene este teatro romano frente a la ciudad, está el "muro de la vergüenza", como califican los saguntinos a la pared de ladrillo que le cierra y le encorseta.



Bueno, pues este es el Ayuntamiento, y la cola es para sacar las entradas residuales que se ponen a la venta el día de autos de 28 de agosto de 2009 para la representación de "La destrucción de Sagunto", en el teatro romano, por supuesto.
(Letra de José María Pemán. Música de Joaquín Rodrigo, saguntino de nacimiento)
[La mayoría se vendieron por Internet. Y ya el 4 de agosto se anunciaba que se habían agotado; que sólo el día 28 saldría por taquilla el pequeño resto que quedaba.]
Por ahí debería estar yo, pero no estoy, si no ¿cómo habría sacado esta foto?
Fue una suerte casual: llegar por primera vez a Sagunto y encontrarme con este premio gordo en la lotería de la vida. Muy pocos tuvieron la suerte que tuve yo.
¡Conseguí la entrada!



El "muro de la vergüenza", que decía antes, es la entrada principal del teatro romano. Ahí estamos en la cola ya para entrar a la función.



Mientras llegaba el momento de correrse el telón, tengo tiempo de mirar en el atardecer al apiñado conglomerado de casas y monumentos, que ladera abajo se extiende hasta el cauce del Palancia, nombre del río que semicircunda el municipio.



Graderío casi lleno, público impaciente, alegría explosiva de gentes del Mediterráneo…



En medio de aquel gentío, ¡quién sabe si yo fuera el único advenedizo! Sin embargo, en ningún momento me sentí un extraño.



Silencio, empieza la representación.

(A partir de aquí la calidad es la que es. Fotos robadas, que estaba prohibido hacerlas y todo lleno de vigilantes, acomodadores y gentes del servicio. Perdonad, pero esto es lo que hay. No hay nada más.)



















Actores, directora, equipo técnico, reciben el aplauso cerrado y largo de público enardecido y también agradecido.

La última foto, quizá la más espectacular, no la pude sacar. El público en pie, aplaudiendo y vitoreando, cantando al son de la música el himno de su pueblo, Sagunto, agasajaba a los actores que tan magnífico espectáculo acababan de ofrecer. Yo también aplaudía, y de alguna manera, también era saguntino en aquella hora tardía, ya de madrugada.

He robado de un blog amigo - EL NOSTRE BARRI SANTS DE LA PEDRA EL RAVAL (SAGUNT)- esta foto, -y no sé si me dará permiso, que aún no se lo he pedido-, para cerrar este artículo con un poco más de calidad fotográfica:

[IMG_2262.JPG]

Peñíscola ya no es lo que fue, pero quien tuvo…, retuvo

Castellón es una provincia que no ha estado nunca a tiro de mis desplazamientos por la geografía hispana. De modo que apenas conozco su historia y su realidad actual; pequeños brochazos -más bien pinceladas- de cultura general y comentarios de gente conocida que ha querido pasar sus vacaciones en sus innumerables playas y lugares de veraneo. Más o menos, cero al cociente, y bajo la cifra siguiente.

Un pequeño enclave, sin embargo, situado ya dentro del mar, siempre me ha exacerbado la imaginación y ha picado mi curiosidad: Peñíscola. La historia general, primero, y el cine de Berlanga, después, habían dejado en mí una imagen de este pequeño pueblo del litoral levantino que ansiaba corroborar en la primera oportunidad que se me ofreciese.

Pues se me ha ofrecido. O me la he ofrecido, mejor dicho.

Camino adelante, desde el sur, se ha de pasar, por Oropesa. Y hay que hacer intención, porque la rápida A-7, a poco que te descuides, te la ningunea sin miramiento alguno. Si del mar que la apellida te quieres enterar, hay que levantar el pie, incluso frenar, para acercarte y mirar.

Un pequeño pueblo residual, al interior, un también pequeño puerto, una playa perfecta en su semiredondez, y grandes edificios de gentes oriundas en plan de vacaciones.

Un torreón, de postal, entre el casco urbano y el acantilado. También cerca el faro, aviso para navegantes. El resto, restaurantes de costa y gentes en plan descanso.

Para entrar en Peñíscola también hay que hacer intención. No lo ponen nada fácil, incluso lo dificultan; nunca había visto una señal de tráfico así: no está en la foto, porque iba al volante, pero se trata de una prohibición de circulación, salvo para los usuarios. Resulta que vas a entrar en una ciudad y te prohíben circular, justo a la salida de una rotonda. Tentado estuve de aparcar allí mismo y continuar caminando, pero tampoco me estaba permitido estacionar allí; de modo que, dada una vuelta en vano a la dicha rotonda, adentréme en la vía prohibida y expúseme a la sanción correspondiente, caso de que la autoridad me diese el alto.

No lo hizo ella, sino esta hermosa y tradicional estampa de castillo y península, si la mente es capaz de no fijarse en las sombrillas y hamacas de la playa, en esos momentos bastante atestada de bañistas.



Entras en un lugar de interés turístico. Debidamente explicado, este poste informativo de tres caras, tres, detalla los principales detalles que no se debe perder quien quiera reconocer el lugar donde la historia quedó pegada a una persona y a un personaje que ha inmortalizado a su pesar la tradición y, sobre todo, la mal-dición: Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor (Illueca, Zaragoza, 1328 - Peñíscola, Castellón, 1423), el Papa Luna, (más bien antipapa en una época en que tres Papas pretendían exigir obediencia a la catolicidad: Avignon, Peñíscola y Roma).

Y terminada la información, queda tu mirada debidamente dirigida a la fachada de la iglesia, sobria, imponente, desnuda y señorial. Es el templo de Nuestra Señora de la Ermitana.

Adosada a la Iglesia está el Palacio, y a su vera, en bronce oscuro, el señor de este sitio, el Papa Luna, Benedicto XIII, sentado en su trono sobre la soberbia roca que apoyó el final de su larga vida, (95 años o ¿fueron 96?).

Si te acercas, aún más te impone. El dedo índice levantado, como avisando… ¡qué se yo si miedo, amenaza, advertencia, sabiduría o temeridad!

Mucho más cerca, ya no hay dedo indicador, sino mano amable y rostro humano, muy a pesar del duro y oscuro bronce que lo alberga.

Esta placa nada dice que fechas, aunque se aproxima: 700 aniversario del castillo… ¡Quién sabe cuándo se calzó la primera o la última piedra de esta monumental fortaleza! ¡Ay, si los templarios hablaran!

Mucho más cercanas a nuestro tiempo son estas notas explicativas de lo que dentro del castillo se ofrece el visitante, previo paso por taquilla. Tranquilos, los sesentones pagan menos, y los menores, nada. El resto, 3 € por cabeza.

Qué le importaban a don Pedro estas miserias, si él tenía puesta la mirada en Avignon, al Norte…

Y también en Roma, al Este, allende el mar Mediterráneo… Hacia allá dirigiría, en momentos de pesadumbre y también de nostalgia, (quién sabe si también de ambición o de rencor) el buen Papa Luna, su pensamiento y también su mirada.

Aquí se sentiría protegido, bien defendido de tanta ingratitud y deslealtad. ¿El concilio por encima del Papa? ¡Jamás!

¡Si hasta el mismo mar parecía querer aislarlo de tanta mezquindad y ofuscación! Enemigos no le faltaron, por eso tanto se protegió.

Justo en la misma muralla arranca esta calle blanca de escaleras en la roca. Poco espacio tenían quienes junto al monarca eclesial aquí aguardaban se esclarecieran los derechos y poderes solicitados, contra viento y marea de la historia.

Sólidos murallones soportaban, impávidos, el golpear furioso de los envites de la mar. Igualmente soportaron otros golpes, también embajadas y nuncios y diplomáticos, y hasta monjes delicados emisarios de grandes señores.

Faro tenía que haber. Faro para el Occidente cristiano. Faro para navegantes de las noches mediterráneas que buscaran buen puerto al que arribar. ¿Conseguirían encontrarlo? ¿Fue, en algún momento, Peñíscola puerto seguro y amigo?

Con ancestros fenicios, no podían faltar comerciantes de esto y de aquello, de lo necesario y también de lo superfluo.
Quien vende algo, siempre encontrará comprador. Sólo hace falta paciencia. Aquí se tiene, yo lo noté.

Tan torturado por los malos vientos de la historia tuvo que ser el buen hombre, el antipapa, como lo ha sido este tronco retorcido de pino levantino, erguido y altivo no se sabe muy bien en qué tierra alimentado y cobijado.

Las angostas callejuelas se humanizan con el verde de las plantas… ¿Las recorrería de mañana al rezo de maitines, o al atardecer rezando completas? Tercia seguro que no, que entonces el sol está en lo más alto y arrecia fuerte y abrasa.

Balcones y terrazas se asoman a la calle, y también se adelantan unas a otras, en una aproximación vertiginosa, vecindad que se presume amistosa, haciendo nombre a esta cultura milenaria, la mediterránea.

Con estas calles tan particulares, en cuesta hacia arriba o hacia abajo, nada extraña que el negocio del cuidado de los pies llegue a ser hasta lucrativo. Quien tenga callos o durezas, se duela de tobillos o uñas rotas por las peñas, aquí puede encontrar alivio y salud: un podólogo en la historia, cita previa y página web.

Saliendo por la parte contraria, junto al pequeño puerto pesquero, de nuevo se nos avisa de cuantas cosas hemos visitado en este histórico lugar. Y sirve, al tiempo de resumen y también de recopilación: si no has encontrado lo que buscabas, da marcha atrás y encuéntralo, por ahí está.

No podía falta el escudo, con ancla por montera, y fuente, que aquí nunca faltó el agua, que brota de la misma peña, y fue salvación para quienes aquí se defendieron en todo momento y ocasión de ataques de piratas, que haberlos ¡vaya si los hubo!

Ya fuera del amurallado recinto encuentran aparcamiento los modernos automóviles. No estaba pensada esta ciudad para ellos, pero, y no sé cómo lo hacen, consiguen llegar hasta las mismas barbas de la estatua broncínea del Papa.

Casi al final, vuelvo a encontrarme con algo que me avisa que sólo se permite a residentes (los usuarios del principio) el acceso rodado. ¿Será que el puerto es materia reservada? Será, será…

La última imagen de Peñíscola gana en prestancia. Llámese como se llame por aquí, de pronto, tras una fortísima subida de la temperatura, un viento casi huracanado deshabitó la playa de sombrillas y bañistas y permitió esta imagen, mucho más acorde con mis sueños de pequeñez.

Claro que el amurallado edificio casi está ocultado por casas enjalbegadas, que con todo descaro le quitan la primacía y le recuerdan que sí, que las piedras tuvieron, y que tal vez sigan reteniendo, pero que ahora son otros tiempos y hay que renovarse.

Una lección muy bien aprendida y mejor aplicada. Sólo hay que darse una vuelta por Peñíscola y se podrá comprobar cómo toda su costa está amurallada, no de almenas y torres defensivas, sino de bloques residenciales que ofrecen una mejor economía que las huertas y naranjales, los marjales y marismas, los perdidos entre rocas y baldíos; aunque nunca se lleve a saber si el que gana es el labriego, el pescador o el avispado de turno.

Arbol en Peñalba de Santiago